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Columna de Opinión: “The Indies takeover”, por Jacobo Álvarez, Managing Director en Buentipo

En una industria donde cada vez más decisiones se toman en función de eficiencias, fusiones y resultados trimestrales, la pregunta ya no es quién es más grande, sino quién tiene una mayor capacidad de agregar valor. 

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Muy a menudo, en el modelo de industria publicitaria que conocemos, pasan cosas imprevistas: se va un cliente que representa el 30%, 40% o incluso más del ingreso de una compañía. O llegan directrices internacionales que obligan a tomar medidas de choque para equilibrar números a nivel global. 

Esto último hoy está amplificado por un fenómeno mayor: la consolidación de Mega Grupos que hoy concentran una porción inmensa del mercado de medios, con estimaciones que superan el 60% de su participación del negocio global. 

No solo eso: todas ellas son compañías que cotizan en bolsa. 

Y eso cambia completamente la conversación. 

Porque cuando una empresa cotiza en bolsa, no solo le responde a sus clientes: le responde a miles de accionistas, a resultados trimestrales, a eficiencias operativas y márgenes que deben cumplirse de cara a los mercados. La pregunta entonces deja de ser teórica y se vuelve estructural: ¿las decisiones que toman estas agencias de ahí en adelante, son en pro del cliente o en pro del número? 

Ahí aparece una autopista paralela en la industria. 

Por un lado, la conversación de fusiones, márgenes y eficiencias, por el otro —y muchas veces relegada—, la conversación que realmente debería ser la columna vertebral del negocio: los clientes y las marcas. 

Porque en la práctica, las decisiones sí impactan. Un planner que no se contrata por un congelamiento global, una dupla que no se arma, así el cliente nacional lo esté necesitando (y pagando). Equipos que se ajustan no por la necesidad de la marca, sino por una directriz superior; decisiones que eventualmente, afectan el resultado. 

Ahora bien, hay que decirlo: esto no ocurre en el vacío. También los clientes enfrentan sus propias eficiencias, con departamentos de procurement empujando a “hacer más con menos”. Es un sistema completo, un círculo que difícilmente puede llamarse virtuoso, pero que explica en buena parte por qué la industria opera como opera.

El problema es que, en medio de ese sistema, hay algo que se está diluyendo: el valor. 

Porque hoy seguimos en una industria que paga por volumen, no por valor. Se paga por piezas, por output, por capacidad de producción. Pero no por lo que realmente hace la diferencia: el pensamiento, la experiencia, las horas de vuelo de equipos senior capaces de integrar estrategia, creatividad, data, negocio y ejecución impecable. 

Entonces, si no se está pagando el valor, ¿qué estamos vendiendo realmente? 

Porque los clientes hoy necesitan lo mejor de lo mejor. Pero no solo en el “deber ser”, sino en algo más escaso: el valor adicional de tener equipos senior de alto nivel pensando profundamente en su negocio. Equipos que un modelo que le responde primero a los mercados antes que a sus clientes, no permite sostener. 

Sí, necesitamos más valor pero como agencias, tenemos cada vez menos margen para producirlo. Sí, necesitamos más seniority, pero cada vez hay más restricciones presupuestales. 

Ese valor es exactamente lo que las marcas han necesitado siempre y siguen necesitando hoy. 

En un entorno donde convergen tecnología, ciencia del comportamiento, data, storytelling e inmediatez, el crecimiento de las marcas no viene de hacer más piezas, sino de pensar mejor. De tener a las mejores personas, con el tiempo y el foco necesario para trabajar en profundidad. 

En este contexto, es donde emerge —o más bien, reemerge— una figura clave: las agencias independientes. 

No porque sean románticamente mejores, sino porque tienen independencia real sobre sus decisiones. Pueden decidir si suman un recurso adicional, si involucran al C-level en el día a día, si destinan más tiempo del que paga el fee para entender mejor el negocio. Tienen más movilidad, más margen de acción que las que están sujetas a estructuras globales o presiones trimestrales. 

En ese contexto, el valor deja de ser una consecuencia y se convierte en una decisión. 

Para un cliente, eso se traduce en algo cada vez más escaso: equipos senior que pueden pensar con profundidad, involucrarse de verdad y tomar decisiones alineadas con el crecimiento del negocio, no solo con la eficiencia operativa de cara a los mercados.

Y quizás ahí está el verdadero punto de inflexión: cuando la industria vuelva a competir por valor —y no solo por volumen—, la independencia dejará de ser una categoría y se convertirá en una ventaja estratégica. 

En un mundo donde el volumen estará cada vez más automatizado, lo único que realmente puede marcar diferencias es el valor; ese que hoy depende menos del tamaño y más de la capacidad de decidir. 

Durante años, la conversación de la industria estuvo marcada por nombres legendarios como Wieden+Kennedy, Agulla & Baccetti o Droga5. Hoy, en cambio, hablamos más de fusiones, eficiencias y mercados financieros que del core de nuestro oficio: la creatividad que impulsa negocios. 

Las indies nunca se fueron. Solo están esperando de nuevo, su momento.

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